A VUELTAS CON EL SIGLO XXI

A fuerza de ponernos pesados resulta que nos acabamos gustando. Y hasta nuestro alrededor.

Muy de mañana suelo renegar del presente porque seguramente lo entiendo a medias, porque no debo de olvidarme de la pastilla de la tensión ni de mi trabajo machacón ni de mis amigos, que los hay, e intensos. Pero hay días que aparecen un poco porque sí, de repente, y ese día me encuentro con Marc Quintana porque quiere contarme cosas de sus cuadros y va y lo hace, largo y tendido, trufando su discurso, ya muy maduro, de anécdotas familiares y de infinidad de datos domésticos que me ayudan a entender. Sus dibujos y, además, este siglo que es el suyo y en el que yo me encuentro cómodo a medias.

Marc sabe mucho de pintura y dibuja como quiere. Dibuja lo que quiere, detiene el tiempo, lo secuencia y hace de sus rutas urbanas un retrato explícito: dibujado y borrado, sugerido y patente. Con esa soltura que le han dado los años de peregrinaje, en esa “carrera de fondo”, como dicen los que saben, que hay que trabajar y esperar. Esperar sin parar, vamos.
Resulta que este siglo está siendo más sorprendente de lo que esperábamos. Con ese miedo a que se consumieran las vanguardias en sí mismas, que lo han hecho, con miedo, en fin, a no tener a qué vanguardias a las que recurrir. Pero se trataba de eso precisamente. De superar las vanguardias, de asumirlas, como se superó el Renacimiento o la Revolución Industrial. Asumiéndolos. Para volver a retratar el presente, que de eso se trata, de criticar el entorno, de darle color, discurso y, en definitiva, de explicarlo desde la soledad del estudio y no en el mundo del espectáculo. Eso, que lo hagan los otros.

Me gusta tanto que los pintores me cuenten el proceso, las dudas, las compras incluso del material, el espacio de trabajo, sus horarios, sus manías, sus fobias, sus cambios, que a Marc todavía le sorprenden aunque no son sino una consecuencia de todo lo que lleva pintado. Pero sobre todo me gusta que no me hablen nunca del cotilleo de las galerías, del ranking, de las ferias y de las bienales, de las faldas de las galeristas o las gafas nuevas del comisario estrella. Con Marc, y con algún otro, no tantos, hablamos del sol, de la calidad de la tela, de la huella de la mano sobre el papel, de la imagen de un periódico, hasta del colegio de su hijo o de los problemas de los transportes. Al fin y al cabo hablamos del taller y de la casa, que son los mismos que hace un siglo pero tan luminosos.

Y poco a poco se nos va echando el siglo encima como si no hubieran pasado veinte años de todo. Como en una copla. Porque los buenos pintores no tienen ni edad ni sexo ni condición, como los ángeles renacentistas o los taberneros de mi pueblo: un estofado de pulpo con patatas y un revuelto de morcilla nos dio la pauta para seguir como si nada. Como si el mundo fuera rectangular como un cuadro, que lo es, y el horizonte quedara sólo un poco más allá del estudio. ¡En pleno siglo XXI!

Manuel Allué