LA FACTORÍA, LA LUZ, EL ARROZ CON LANGOSTINOS

Cuando uno se quiere poner sentimental, no lo consigue. Cuando lo está, no es fácil disimularlo. Pero cuando se ha vuelto (sentimental, algo farragoso de más, herido por el entorno) no hay quien lo arregle. Con Marc Quintana no hace falta disimular ni el pasado (común, a pesar de las distancias) ni siquiera el presente, a lo mejor más próximo de lo que parece. Porque si una de las cosas que más me gusta es hablar de pintura, con alguien que se declara, o eso creo, pintor fiero, devoto, amante de esa convención llamada cuadro, me parece admirable. Sobre todo si nos separan más de veinte años de edad aunque no tantas leguas de camino (y siento que la frase me haya salido un tanto machadiana). Marc Quintana respira pintura, pintura de taller y no de trastienda. A ver si me explico. Me estuvo contando hace unos días, tras ese espléndido arroz con langostinos, toda su factoría, su manera de hacer, su técnica, que de tan barroca es industrial (o al revés), su fin y sus medios, como un jesuita contemporáneo o un incrédulo antiguo. Cosas ambas, dicho sea de paso, que suelen converger. Los Frames de Marc Quintana, esta nueva serie díptica en la que intenta (y consigue) detener el momento para “cerrar la obra” (buena frase del pintor) no se trata de una secuencia, de un tratamiento fílmico, sino todo lo contrario. Quintana quiere “congelar” la imagen, como en el pause de un vídeo pero con un resultado, hélas!, pictórico. Pictórico y fundamental. Que a lo mejor no estaría haciendo lo que hace sin Warhol o Ed Ruscha, a lo mejor, pero a esa planitud (esa planeza) y a la vez esa vibración del cuadro, de la fotografía y de la pintura, del mundo díptico y no porque sí, no se consigue sin horas de taller, horas de dudas, de hallazgos y, en fin, de pasado. Fascinado por ese pasado, por la historia de la pintura contemporánea, de la imagen contemporánea, por los talleres como factorías, por el proceso, por una especie, así me lo imagino, de cadena de producción de donde al fin sale el cuadro, impoluto tras la batalla. Lo peor es que ya sabía demasiadas cosas de Marc Quintana. Que le conocía el apellido desde casi antes de nacer y la filiación, digámoslo así, a través del tiempo. Pero es ese tiempo, ¡bendito tiempo!, el que me ha hecho toparme con un pintor de treintaypocos años que huele a pintura aunque no quiera, que respira imágenes, que necesita un soporte rígido, contundente, duro y definitivo, que juega con el azar pero no se fía de él, que sabe lo que hace. Un juego entre el metacrilato que ampara a la fotografía digital y la borrachera de trementina: el siglo XX, claro está, entra estupendamente en el XXI. Por un tubo.. Por esa luz que ilumina sus colores planos donde la sombra la va a poner el espectador, sombra de sí mismo, sin ir más lejos. Por esas ganas, por ese entusiasmo, por esa decisión. Por algo de todo eso (y a lo mejor por culpa del arroz con langostinos) ando escribiendo todo esto.

Y no sé cómo parar.

Manuel Allué