UNA HISTORIA DE CIUDAD: EL VISITANTE Y EL LUGAR

Se preguntaba el visitante de la ciudad, un joven urbanista con vocación de narrador, sobre la función y funcionalidad de la arquitectura, de los lugares, mientras interrogaba a su acompañante pintor sobre las cuestiones diarias que volcamos sobre la ciudad, siempre atenta a nuestras preguntas, nuestras miradas, nuestras sospechas. Habitar, disponer, distribuir o significar. Reconocemos ese profesional, atento y despierto, en cada uno de los campos de producción de Marc Quintana, que encontramos en una escena alterada, híbrida, en un entorno conformado por la narración de lo construido, de lo diseñado, sintiendo su significación, su complejidad y trasladando cada uno de sus argumentos, sus caras, sus perfiles, sus direcciones, a un mismo plano de posibilidades.

Encontramos al visitante en el borde de una acera, atento al fragmento, al susurro escondido, mientras la fotografía, la pintura y el movimiento, también la luz, se van almacenando en su composición. Siempre recordamos el sonido del agua frente al río, el murmullo de color y la caricia del habitante anónimo mientras paseamos. Siempre recordamos la medida de lo próximo, del fragmento que nos demuestra un reconocimiento cómplice, todo mientras no dejamos de mirar; se reconoce el lugar secundario, la luminosidad de la ventana en la parte superior de la pared, las escaleras del patio, el borde del edificio. Distancia y medidas. Pensamos en lugares que existen detrás de los biombos, trazados desde la curiosidad, como bajos continuos, presentes, de una melodía urbana, constantes e implicados en nuestro entorno. Una luz horizontal sobre un panel, otra que reconoce un territorio expandido pero reconocible; la luz primero y el espacio, en equilibrio, perfilan cada una de las obras de fachadas en fuga y fragmentos en retorno. Ahí reside uno de los cálculos más imaginativos del narrador, en este caso de ciudad: la dualidad de recorrido al alcance de la mano y al vuelo de la mirada.

La composición resulta del dominio de la sorpresa y el canal de la observación; campo recompuesto, ventana de paneles y mosaico, periódico de registro y mapa de topografías. El modo de componer de Marc Quintana existe en la pantalla lúdica, en una apuesta por la escala, en un programa de entregas que van reconociendo su contexto, catalogando, primero en una fotografía, luego en una sucesión de colores organizados, después en un fragmento de carne de ciudad o parcela de pintura de trama inquietante, construyéndose. Todo va quedando sobre la piel, también de lo urbano. Erosión y tiempo. Todo se reconoce en la mirada, contaminada y alimenticia, todo se deposita en un sentimiento de arqueólogo adoctrinado, de visitante paciente, de recolector de pinturas urbanas, también de lecturas de aprendizaje, de formación. De nuevo la luz se identifica en uno de sus territorios, como esponjas; el lugar que invade a modo de párrafos, de palimpsestos, de imágenes que resultan abstractas en su escaparate —fragmentos, emblemas de lo arquitectónico, del espacio también interior— y se refuerzan en una relación de conceptos que beben de lo visual, mientras observan como evoluciona su obra.

El lector prolonga la comparación en una carpeta de apuntes arquitectónicos, para reconocer a Hergoz & de Meuron en un recorrido por los mantos telúricos, Juan Navarro Baldeweg o Alberto Campo Baeza redescubriendo un campo abierto de paisaje, pórtico y patio, para recordar una arquitectura de telones cromáticos en Barragán o Ricardo Legorreta o de fachadas abiertas, críticas, en Llinás y Ferrater. Habitamos una arquitectura y un espacio anónimos, pero vividos, reconocemos en su perímetro el espejo de lo actual, mientras observamos sus distancias, como Oliver Boberg o Lee Friedlander, pensando en modos de recrear el exterior sin evitar esa mirada pública, colectiva.

Una sucesión de imágenes repensadas desde el sustantivo pintura; la fotografía planteada desde la pintura o, en una correcta mirada de retrovisor, una perspectiva de pintura que se traslada a un ámbito fotográfico. Pensamos primero en una mirada, en una cámara fotográfica diseccionando un territorio, siempre urbano, para después desviar esa mirada en una actuación física, digerida en la composición. ¿Dónde nace nuestra mirada pictórica? Queda claro que la opción de Marc Quintana reside en una lógica vital, de paseo, de trabajo, de itinerario en una ciudad y espacio permeables pero escenográficos, quizás como todos los territorios actuales. Es la ciudad, luz, sonido y seducción, un campo de análisis, piel de fachada que recorre las obras en una distancia de espectador, observando sin participar, habitando para respirar. Son obras que nos demuestran la voluntad abierta de la pintura y los pintores en el presente, en una apertura de referentes y medios, en una sabia adaptación de los conceptos de lo visual, para no descuidar el tiempo pictórico, diario.

Líneas y campos de colores planos, listones de masa cromática amarilla o naranja acompañando imágenes de construcciones; fotogramas de un travelling continuado. La sensación de obras en serie, que se readaptan continuamente a un discurso de narración, de explicación, se reconoce de manera clara en una búsqueda de pinturas de lugares, de ámbitos que nos remiten siempre a esa explicación de lo pictórico en un mundo habitual. Son fotogramas de una historia cinematográfica, casi novelada, en un índice de imágenes que nunca terminan de evadirse en la óptica de lo contemporáneo, que resisten paradigmáticas; mientras recordamos a Sugimoto o Lewis Baltz atrapando escenarios, campos luminosos o Woody Allen recordando sospechas cómicas, la incorporación evocada de Günther Forg, Baldessari o John Hilliard, incluso Frank Thiel o Matt Mullican encontrando emblemas, Jörg Sasse o Sean Scully en la composición intencionada, sin descuidar la mirada cinematográfica, didáctica, narrativa. Y la luz, Igor Mischiyev o Álvaro Negro. Luz densa.

El narrador, que insiste en un relato anónimo, silencioso, sin habitantes pero con restos de historias, vuelve para disponerse de nuevo en un encuadre de perspectiva contrapicado, logrando una distancia inmediata en lo vertical entre el suelo, el propio espectador, y el final de una arquitectura. Jugando a ser fílmico, demostrativo. Resulta perfectamente comprensible esa lectura de la escala, de la medida, en un control de las proporciones y, quizás lo más enriquecedor, en una alteración de significados de la etiqueta sobre el contexto. Una recomposición de re-narraciones. Observamos una pared espejo, una superficie sobre domina la luz, posándose poco a poco, mientras se escurre o se deposita en un almacén rectangular, ventana o cristal. La narración queda perfectamente titulada, el escenario se perfila como campo pictórico y la mirada, contaminada, remarca un vehículo de mensaje. Porque esa mirada de Marc Quintana se resalta dentro de los cauces del territorio, sin desprenderse de una complejidad, de una perspectiva de almacenamiento yuxtapuesto, maclado, adoctrinado en una sucesión de párrafos longitudinales u horizontales que se alimentan de color, disponiéndose en las partes extremas de las composiciones, completando un relato en una herencia de pictogramas, de pinturas urbanas, funcionales y, sobre todo, pegadas a la ciudad.

Nuevas obras donde sobresale la depuración, en una argumentación que deriva de lo arquitectónico y principalmente de lo contextual, en piezas que resumen el referente urbano de lo visual señalado para reconocerse en lo fragmentario que resume la superficie. En la ciudad, el lugar, seguimos al joven urbanista robando perspectivas y líneas verticales, etiquetando un pulso de pintura actual.

José Manuel Lens